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Un mar de emociones

Una invitación espontánea me llevó a Tijuana la tarde de ayer. Fui a una feria de artesanías en el CECUT. Casi al final de mi recorrido, el sonido de una caracola llamó mi atención. En un puesto, una mujer acostada sobre una mesa de masaje recibía el sonido de la caracola y oraciones de la mujer que la atendía. Pedí un poco de información y cuando llegó el momento yo también me subí a la mesa de masajes.

La mujer empezó por mi cuello, la sensación era agradable y relajante. Con una piedra de obsidiana, empezó a masajear mi espalda, ahí me dolía un poco. Cuando llegó a la altura de la cintura y costado, tuve que esforzarme mucho por no reír. "¿Te duele?" me preguntó. "No, me dan cosquillas" respondí.

"Pues ríase, no se aguante, la risa es la mejor medicina"

Y con ese permiso me solté riendo. El masaje siguió: en algunos lados me ganaba la risa, en otros el dolor, y algunos más no pasaba nada digno de notar.

Me pidió que me volteara boca arriba. y empezó a masajear el area del pecho. Ahí el dolor era casi insoportable. Presionaba sobre el pecho de derecha a izquierda y concluía con un tronido de dedos. Y después de izquierda a derecha y lo mismo. "Son tres veces. Y puedes llorar si quieres".

No estaba sola y traté de contener el llanto lo más que pude, aunque alguna lágrima logró escaparse. Yo reconocía ese dolor, dolor antiguo, dolor de miedo, todo apretado en mi pecho, todo anudado.

"Tu cuerpo es un mar de emociones" me dijo y también indicó que necesitaba más tratamientos.

Después terminamos con el sonido de un cuenco y de la caracola. En el tratamiento me hizo un ajuste de columna también.

El cuerpo es un mar de emociones. Creemos que solo recordamos con la memoria y con lo que podemos contar, pero nuestras experiencias están grabadas en nuestro cuerpo aunque la memoria falle, el cuerpo lleva la cuenta. Nuestras vivencias empiezan y terminan en nuestro cuerpo, no existe la vida como la entendemos fuera de la experiencia que el cuerpo nos brinda. Esta experiencia me ayudo a descubrir con mayor certeza en qué partes de mi cuerpo se han anidado mis experiencias: algunas para hacerme reír sin parar y otras para hacerme soltar el llanto. Así como el mar, con partes en completa serenidad y calma y otras en las que el estruendo de las olas nos recuerdan su furia también.



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