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Ir a medias

A menudo, cuando hablo en grupos, les digo que hay una diferencia entre saber (lo digo mientras señalo con mis manos la cabeza) y saber (muevo mis manos hacia el área del corazón). Esta es la diferencia entre conocimiento y sabiduría. Es por eso que a menudo asociamos el conocimiento con la educación de las personas pero la sabiduría la reconocemos en aquellos que han integrado en su vivir diario sus experiencias más profundas sobre ser humano. En este sentido, la sabiduría no se reserva para los pocos sino que es el diamante en el que se convierte la materia prima de la vida; nuestras experiencias más viscerales.


Empiezo diciendo esto porque yo sabía mucho sobre el duelo, pero no sabía mucho sobre el duelo. Había leído, estudiado, y creado espacio para las expresiones de duelo de los demás. Había reconocido el profundo impacto de las distintas formas de pérdida. Pero ninguna pérdida me había revelado tanto sobre el duelo como la pérdida de mi madre. En parte porque soy una mujer adulta de consciencia que cuenta con las palabras para nombrar lo que estoy viviendo, porque ya había vivido una pérdida significativa para mí cuando carecía de palabras, contexto y conocimiento y fue mi cuerpo quien transformó aquella pérdida en terror por las noches a mis apenas 11 años de edad. Ahora la recuerdo bien.


Sin afán de extenderme mucho en esto, he aquí algunas cosas que sabía:

  1. Que el duelo es un proceso de aprendizaje.

  2. Que el cerebro batalla para reconciliar la nueva realidad.

  3. Que el duelo es impredecible y sigue su propio camino.

  4. Que el duelo es un gran estado de estrés para el cuerpo.

  5. Que el cuerpo tiende a enfermarse después de una pérdida significativa.

  6. Que el duelo no desaparece, sino que se integra.

  7. Que es importante hacerle espacio al duelo y no apresurar su proceso.

  8. Que el duelo cada quien lo vive a su manera.


Esto entre otras cosas y prácticas que aprendí en mi trabajo de capellán.


Oh queridos, pero lo que no sabía es que el duelo iba empezar como un dolor chiquito en el pecho, que iba a crecer y sentirse a veces como un muro. Que mi mente iba a estar habitada, todo el tiempo, por recuerdos de mi madre...mi pobre cerebro incrédulo buscándola. Que de repente estaría arrojada y desolada sobre tierras áridas, perdida y confundida. Que todo aquello que era importante para mí perdería sentido, todo el sentido. Que no sabría que hacer con mi vida.

Que todos los pensamientos que me abrumaban al principio, se convertirían, de repente, en silencio absoluto. Que el mar de la ausencia de mi madre me dejaría tan atónita. Que la vida iba a pesar tanto.

Que vendrían una y otra enfermedad a un cuerpo azotado por el estrés de haber perdido a alguien tan importante. Que algunas amistades se perderían porque no todos pueden sostener ni presenciar el dolor. Que aprendería, tan pronto, a cuidarme de los comentarios desatinados que, aunque no mal intencionados, lastiman.

Que me movería por el mundo a medias, navegando dos mundos paralelos que no logran tocarse del todo.


Pero también, he aprendido a moverme con una mayor compasión por el mundo, a extender la mano sincera y a permitir que mi corazón roto sostenga los corazones rotos de otros. Jamás me había sentido tan humana, tan mortal, tan vulnerable, tan pequeña.


Sigo andando a medias, navegando un mundo en el que mi madre ya no existe y que me exige seguir viviendo como antes, y otro en el que la sigo buscando en sueños, en recuerdos, en canciones. También que me queda mucho por andar y sé que este sentir ha de cambiar en el futuro. Sé que el proceso que vivo es eso, un proceso. Que no sé a dónde me lleva pero que, con los ojos, el corazón y todos mis sentidos abiertos, doy el siguiente paso y tomo el siguiente respiro. Este camino del duelo ha sido un gran maestro sobre compasión, me ha enseñado a ser paciente conmigo misma, a consolarme cuando lo necesito, a pedir ayuda cuando el duelo me sobrepasa. Me ha vuelto más humana. El duelo me ha revelado lazos que me unen a otros dolientes, incluyendo al duelo que mi propia madre guardó por la suya. ¡Qué experiencia tan universal! No hay protagonismo, solo vida y una contemplación profunda del gran misterio que nuestra existencia y no existencia pueden significar.




 
 
 

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